La reserva (a)moral de la Argentina

Por Gonzalo Arias*

 “Francisco no es un líder político, pero está generando cambios que van más allá”. Así se refirió la primera mandataria argentina, Cristina Fernández de Kirchner respecto al Papa Francisco. La definición de la Presidenta, que se suma a la variopinta muestra de opiniones que se han expresado alrededor de la figura del Sumo Pontífice, nos invita a repensar cuáles son las características fundamentales para que un dirigente o personalidad pública adquiera el rango de líder político y qué es lo que esperamos los argentinos para alcanzar consenso respecto al otorgamiento de esa distinción ante determinados liderazgos.

Vivimos en una época donde el capital simbólico ha incrementado sus acciones a una velocidad mayor que el poder económico. Si bien el poseer dinero sigue siendo un diferencial determinante en la organización de cualquier conjunto social, saldando esta situación, es indudable que el poder de las representaciones ha crecido al calor de la explosión de la industria de la comunicación tanto en su producción, distribución y consumo de información y contenidos audiovisuales.

Nuestras sociedades sobreinformadas constituyen escenarios donde en la mayoría de los casos el parecer le gana al ser. En este paradigma de la puesta en escena, del marketing y los posicionamientos estratégicos se ha puesto en jaque el peso específico de atributos como capacidad, fortaleza, convicción, responsabilidad, credibilidad, y legitimidad que son trajes a medida que se sacan y ponen los dirigentes políticos en la búsqueda de mejorar su imagen. El misterio a develar es cuál es la cualidad que ¿más garpa? por estos días.

Volviendo al mundo de la comunicación -como para tomar como referencia- y en particular al mundo de la televisión, allí es conocida la historia de cómo la necesidad de conseguir la mayor rentabilidad al menor costo y de la manera más rápida posible, provocó la creación del formato televisivo haciendo de esta nueva unidad mínima de la industria audiovisual, la herramienta necesaria para la organización de la producción.

El formato contiene una serie de normas estéticas e industriales que permite su reproducción en serie minimizando riesgo a la hora de invertir. En política, este movimiento se dio con el crecimiento de la consultoría en comunicación política, con especialistas que diseñan campañas planificadas y formateadas en pos de un objetivo, optimizando recursos, minimizando daños y explotando al máximo los recursos existentes.

Es por esta razón que en el Siglo XXI los liderazgos políticos son posibles de ser fabricados pero también necesitan de un baño de aceptación por parte de la opinión pública. Así como en la tele, el rating de los políticos va de la mano de un conjunto de expectativas tan dinámicas como volátiles. Como fuera dicho anteriormente, esta característica del electorado vuelve más necesario el parecer que el ser.

Francisco, en este contexto, ha hecho mucho por hacer visible una serie de gestos que lo fueron acercando a él, y al Vaticano, a muchos sectores que anteriormente se encontraban alejados de la religión católica. Si próximamente el Papa fuera sometido a elecciones populares, su figura sin dudas sería reelecta ampliamente con más popularidad de la que asumió su primer papado. Su grado de reputación fue in crescendo. El Papa produjo un nuevo Papa. Un Papa con mayor capital simbólico pero que no termina de autoproclamarse ni de ser proclamado: ¿líder político?

Es sabido que la Presidenta (y tantas otras personalidades) concurrió a Roma en varias ocasiones con motivo de visitar al Papa, lo que pareció despertar la irritación en Elisa Carrió que proclamó su descontento pidiéndole a Bergoglio que “no se meta en la política argentina.” Sin embargo, la afirmación de la Presidenta va en la misma línea planteada por la candidata a Presidenta por la Coalición Cívica.

Pareciera haber un tironeo entre quienes optan por utilizar políticamente al Papa (dicho por el propio Bergoglio) y quienes tratan de cercarlo para evitar que no se contamine con eso llamado “política” –curiosa intención puesto que surge de personas dedicadas a esa actividad.-

Pero, ¿es o no es un líder político? ¿Por qué tienen tanto impacto sus declaraciones? ¿Cómo es que todos los candidatos quieren sacarse una foto con él? ¿En qué los beneficia? ¿Su imagen acaso “se limpia” por posar junto a él?

Teniendo en cuenta la doble función ejercida por Francisco, nacen una serie de cuestionamientos o problematizaciones ancladas en la pregunta acerca de ¿qué implica ser un líder político y por qué omitir ese carácter? Por un lado, está el hecho de que es el jefe de la religión católica y como tal, hay quienes lo siguen y lo consideran la guía de los millones de católicos. Pero por otro, el Estado Vaticano (como su nombre lo indica), es un Estado, es decir, un territorio delimitado geográficamente al que llamamos “país” y el cual es presidido por el Papa, es decir que como Jefe de Estado, su relación con la política es indisociable.

¿A qué se refiere entonces Cristina Fernández de Kirchner cuando le substrae la cualidad de político? ¿Cómo juega Francisco políticamente como jefe del Estado Vaticano en su relación con Argentina y como juega la política argentina con Francisco en el contexto de un país seducido por el renacimiento católico?

¿Cuál es el impacto que tiene su figura? Francisco, ¿es algo así como la reserva moral de la Argentina? ¿Por qué la mayoría de las personalidades lo toman como el faro al cual referenciarse? ¿Cuál es ese “más allá” de los límites políticos que menciona Cristina? Los cambios impulsados por Francisco –simbólicos y concretos- desde revisar las finanzas hasta incorporar en sus discursos temas como el desempleo, el trabajo informal, la inmigración en Europa o su preocupación por el futuro de la juventud,  ¿acaso no se inscriben en un contexto político y están determinados por el mismo? ¿Cómo es posible que el Papa quede exento de lo que a la política le concierne, que no es ni más ni menos que las relaciones de poder y las administraciones de los Estados, traduciéndose esto en acciones para contribuir u obstaculizar el desarrollo de los pueblos?

Es el mismo Papa que encarcela curas abusadores y promueve castigo físico en los niños. Es el mismo que opinó acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo como la “pretensión destructiva al plan de Dios” en un país donde la aprobación de la Ley que permite la unión civil homosexual fue uno de los hitos más importantes cuando se habla de igualdad de oportunidades en un sentido amplio e inclusivo. Y el mismo que es elogiado por sus distintas muestras de austeridad. ¿Qué hace que analicemos los hechos con distinta vara en función de quien los protagoniza? ¿Qué mecanismo opera para que sinteticemos tanta complejidad?

Recapitulando y volviendo al contexto social y político de la Argentina, ¿cuáles son las reglas?, ¿quién las fija? Hay un mercado de circulación simbólica. ¿A cuánto el traje de líder?, ¿cuál es la expectativa de la sociedad sobre lo que debe ser un líder político? ¿Realmente ganan los buenos? ¿Es posible disociar un liderazgo –sea cual fuere- de lo político?

Debería arrancar a responder el interrogante primigenio acerca de ¿qué entendemos por política? Hay distintas concepciones, dependiendo el marco teórico en el que nos situemos. Pero saldémoslo por ahora como la práctica transformadora por excelencia. Transformadora de la realidad en algunos casos pero fundamentalmente en la nueva era, de la esfera simbólica. Pero la responsabilidad no es solo de la dirigencia sino de la sociedad en su conjunto, que –como venimos insistiendo- parece premiar más el parecer que el ser. En este caso, no hay dudas de que el político es un producto al que se le ruega que encaje con los preconceptos e ideas acerca de la imagen de honestidad y eficiencia que cada uno tenga. ¿En qué lugar quedan las grandilocuentes promesas hechas en campaña una vez asumidos los cargos? ¿La autocrítica en algún momento vale o no sirve más que para desnudar una estéril verdad?

Haciendo una analogía con el marketing publicitario: el hallazgo del caramelo líquido “acorta” pasos porque conduce al sabor sin masticar, una hermosa analogía con el formato televisivo (pensemos por un instante en Gran Hermano). Sin embargo, dicho por odontólogos, es la golosina que más rápido les daña los dientes a los chicos. Parafraseando al Principito podríamos decir que lo esencial es invisible a los ojos, por eso, es preciso tener bien claro que para que alguien compre, alguien tiene que vender, y vender significa un gasto de energía puesta en hacer visible lo más lindo que tenemos y esconder lo feo, el arte de convencer. El líder político es aquel que logra esa condición de convencer a las mayorías de que no hay otro mejor que él para ocupar ese lugar. No solo por sus propias cualidades sino por ser capaz de hacer una lectura correcta respecto a la ecuación costo-beneficio de ese momento histórico y social. Aquí radica una de las principales fortalezas de Francisco, que es el manejo de los tiempos y su gestualidad, en el momento y el lugar indicados.

En un país agrietado llegó el mensaje de equilibrio que faltaba y el nuevo faro que guiaría el deber ser de la Nación. Como si fuera poco, también lo hizo con el mundo colaborando en derribar mitos más pesados como el bloqueo de Estados Unidos a Cuba, o las acciones para acercar a Palestina con Israel. En definitiva, en torno a la figura de Francisco, ha crecido una nueva reserva moral, que paradójicamente a veces se aleja de cualquier piso de moralidad en sociedades fast food como en las que vivimos, que amalgama nuestras creencias y que entre todos venimos regando a conciencia, en un año donde nos encontramos frente al desafío de encontrar nuevos liderazgos políticos.

*Titular de cátedra de la materia “La Comunicación como herramienta política” (UBA, Ciencia Política)

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