Crónicas del influyente gataflorismo porteño

Por Gonzalo Arias*

El próximo domingo 5 de julio se llevarán a cabo las elecciones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para elegir a un nuevo Jefe de Gobierno. En cada ciclo electoral en la urbe capital, la ciudadanía manifiesta comportamientos que no siempre (casi nunca) van de la mano con lo que ocurre en las elecciones nacionales. El porteño se vincula con lo público desde un lugar de pretendida independencia y contralor de las acciones del Estado. Al mismo tiempo, durante las elecciones se afinan los sentidos y pareciera producirse un momento de bisagra, muchas veces sobredimensionado en relación al resto de los días donde la atmósfera cívica se diluye.

¿Qué relación tenemos los porteños con lo público? No solo con el alumbrado y el barrido o la recolección de basura sino también con el transporte, las plazas, la seguridad, la educación y la salud.

¿Cómo se entiende lo público en una ciudad que según la encuesta anual de hogares 2014[i] crece hacia arriba (hay más departamentos que casas) y que en los últimos años mantiene su densidad de población (casi 3 millones de personas)? Hay más cantidad de inquilinos que de propietarios. Hay más mujeres que hombres. Los ciudadanos mayores de 70 años conforman el 12,7% de la población. Cada vez más gente entra con sus autos y sus problemas a la Ciudad -que como en las grandes ciudades del mundo, cada vez más viven personas solas en menos metros cada vez más caros-. Todo esto, considerando que subyacen importantes diferencias entre el norte y el sur de la capital y que el panorama no es ni por lejos homogéneo.

La Capital Federal es una mixtura, entre un PBI per cápita y niveles educativos tan altos como los índices de autoestima, que genera un microclima donde sobrevuela una cuota de hipocresía del “sentirse progresista” (palabras que cada vez definen menos y se amplían más), pero al mismo tiempo conservador en lo que respecta al “deber ser”. De ahí puede que haya surgido esta idea de progresismo con eficiencia que pareciera ser el deseo del ideal porteño y que hoy ha sabido capitalizar el PRO.

Según una encuesta hecha a 1.000 porteños, solo una minoría se define como derecha: solo un 10,7%[ii].

Sin embargo el PRO gobierna hace 9 años con amplias muestras de apoyo. Es una contradicción notable siendo este un espacio político que tampoco se autodefine como de derecha pero que hace caso omiso de las “viejas denominaciones” de izquierda-derecha para posicionarse como “la nueva política”. La derecha en Argentina y en la Ciudad de Buenos Aires tiene mala prensa, mientras que en otros lugares del mundo se asume esa condición como un diferencial positivo; por estos lugares nadie quiere reconocerse como de ese espacio, como si fuera una mala palabra. Lousteau acaso represente en estas elecciones el voto “progresista” que no apoyaría al Pro por convicción ideológica, pero que a la vez le asusta el fantasma de las estatizaciones. Sin dudas Cromañón marcó un antes y un después en este sentido.

¿Qué es ser progresista? El término está vacío de contenido en relación a lo que nos preocupa. Peter Capusotto tiene un sketch llamado “Padre progresista” en el que aparenta frente a los demás una actitud muy liberal pero que después en su intimidad contradice. “Con su juicio moderado, siempre apela a lo racional. El padre progresista. Un montón de ideas puestas en cuestionamiento pero siempre mostrando una actitud moderada, tolerante, con la mente abierta. Padre progresista. Siempre resolviendo la contradicción entre lo que piensa y lo que siente” Como todo estereotipo, es una exageración pero no deja de ser ilustrativo.

El problema de los progresismos es su temporalidad, el porteño parece pensar como progresista y actuar como liberal. Parafraseando a una vieja disputa futbolera, piensa como Menotti y juega como Bilardo. Busca resultados en el corto plazo. Como diría Dick Morris al exponer su tesis sobre la triangulación, la derecha ha sido más ágil en recuperar los temas de la agenda progresista para poder resolverlos con un ideario de eficiencia y eficacia. La tendencia marca que cuanto más al centro uno se corre, más adeptos genera en el electorado porteño. Es por este motivo que la centro izquierda y la centro derecha plantean ideas más claras de lo que piensan de la inseguridad, la inflación, el espacio público, el pseudocontrol de compra de dólares, mientras el progresismo muchas veces queda atorado en discusiones inconducentes.

¿Se es progresista respecto a qué postura? Parece ser un espacio en el que la mayoría se encuentra cómodo. Pero entonces ¿por qué gana el PRO? ¿Cómo se explica este fenómeno? Se trata de  contradicciones que también se ponen de manifiesto con la proclama de indignación respecto a diversos temas. Medimos con distinta vara según nuestra conveniencia. Hay muy poca autocrítica. Como decía en un artículo anterior, no garpa la autocrítica. Menos en políticos. Son muy pocos los casos en los que incurren en este ejercicio de hacer un análisis para ver los errores cometidos.

A decir verdad, los porteños podemos infringir un conjunto de leyes que van desde evitar una multa intentado corromper a un servidor de la ley hasta el uso del celular mientras manejamos, pensando que eso no es nada comparado a la supuesta corrupción que anida en los distintos niveles estatales. Los ciudadanos nos intentamos alejar de los funcionarios como si ellos no tuvieran la misma impronta identitaria que nosotros, como si no los constituyeran los mismos factores y condicionantes que a nosotros. Somos capaces de indignarnos por ver a Victoria Xipolitakis en la cabina del avión de Aerolíneas Argentinas después de haber pedido hasta el cansancio a la azafata si nosotros o nuestros hijos podíamos visitar la cabina de un avión.

¿Cómo somos y cómo nos gustan que nos miren? Puede haber alguien más o menos transparente, pero en general, somos más propensos al parecer que al ser. La imagen esconde las palabras. Los formatos de las redes sociales también contribuyen a exponer en forma fragmentada y con más acento en lo visual. Nos mostramos en las redes sociales haciendo actividades que después probablemente no honramos con actos. Por ejemplo, solemos vanagloriarnos de ir a votar cuando en realidad después en el año no nos involucramos de ninguna manera. Como si ir a votar nos redimiera del estado de consciencia en el que transitamos después los días que siguen. Como si todo dependiera de depositar la confianza en otro que se hará cargo de resolver los problemas que nos aquejan. Las cadenas de noticias hacen transmisiones especiales el día de las votaciones cubriendo sin demasiadas novedades la jornada, para después retomar con la misma seriedad (¿o liviandad?) otros temas de distinta índole, ya sea de espectáculos o policiales.

Las fotos en Instagram se editan con distintos filtros, queremos parecer más lindos de lo que somos, queremos pertenecer a una “comunidad global” (los hashtags son en inglés, un aspecto inentendible para una sociedad hispanoamericana, como por ejemplo #breakfast, #goodmorning #friends, #happy). Hay una tendencia a exponerse y a venderse, aunque eso después no sea coherente con nuestro accionar diario o con nuestros sentimientos más profundos. No abundan las publicaciones de gente deprimida, triste o aburrida. Por el contrario, la gente suele mostrar cómo bajó de peso, lo feliz que fue en sus vacaciones, lo bien que comió en tal restaurant. Sin embargo, sí es usual leer críticas o denuncias, pero eso lo pone a uno en un lugar distinto al de aburrido.

Este domingo 5 de julio nos enfrentamos a las urnas con distintas propuestas de las que conocemos bastante poco por nunca terminar de interesarnos en un tema, “la Política” de la que decimos que nos preocupa pero que no nos ocupa. Un poco por nosotros y otro porque la “política” se ha encargado de desilusionarnos en reiteradas ocasiones. Los mayores parecen haberlo visto todo, y los jóvenes irrumpen con las ilusiones renovadas para hacerlos partícipes de estos movimientos, re-convencerlos, volverlos a traer a la arena política, decirles que no se den por vencidos. ¿Por qué tendríamos que volver a confiar en los políticos?

Cada uno de los porteños llevaremos a las urnas nuestros prejuicios, nuestros miedos, ilusiones, expectativas, especulaciones, etc. con la inseguridad de no saber “usar bien” la boleta única electrónica. Más allá de que esta altura hay casi un cuarto de los porteños que no saben mucho acerca de esta nueva metodología[iii], lo que nos preocupa como sociedad es el resultado de la elección y el posterior estado de expectativa renovada acerca de qué queremos para la Ciudad. Deseamos que los problemas cotidianos tengan una solución, que las cosas funcionen bien, más allá de cualquier ideología. Y que los resuelva la política, en cuyas prácticas también se desconfía. Como señaló Lousteau en alguna entrevista, “el porteño nos presta su voto, los votos no son de ningún candidato”. Una afirmación que ilustra muy bien al electorado de la Ciudad de Buenos Aires, en su contradicción entre el nivel nacional y local en donde parece votar un signo político distinto al del Presidente como si con eso se garantizara un equilibrio de poderes habla de una desconfianza hacia la concentración de poderes, y un deseo de ¿armonía?

Empoderar a la política por un rato, pareciera ser la misiva. Habría que preguntarse qué es lo que mueve a este ideal progresista en la búsqueda de eficiencia en el resultado de sus acciones, pero sin contraer demasiados compromisos y cómo esas expectativas se reflejan en los candidatos disponibles en el menú.

*Titular de cátedra de la materia “La Comunicación como herramienta política” (UBA, Ciencia Política)

[i]http://www.clarin.com/clarindata/Datos-compleja-solitaria-educada-desigual_0_1357664650.html

[ii]http://www.politicargentina.com/notas/201506/6388-el-44-de-los-portenos-cree-que-gobiernan-las-corporaciones-los-medios-y-otros-poderes.php

[iii] http://www.infonews.com/nota/230056/voto-electronico-un-cuarto-de-los-vecinos-no-lo-conoce

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