El que se enoja pierde

Por Gonzalo Arias

Mucho se hurnaabla de voto útil en este último tramo de la campaña presidencial donde los candidatos comienzan a agotar los recursos en busca de los votos que necesitan para llegar al objetivo. En el caso de Scioli, ganar en primera vuelta, mientras Massa y Macri van en busca de llegar al ballotage.

Sin embargo si buceamos la definición de utilidad, nos encontramos con dos acepciones posibles que también sirven para poner en perspectiva las consecuencias de la elección que hagamos los argentinos al momento de llegar a las urnas el próximo 25 de octubre.

La primera definición, según reseñan los diccionarios, refiere a utilidad como “Capacidad que tiene una cosa de servir o de ser aprovechada para un fin determinado”, mientras que un segundo significado aparece como “Provecho o beneficio que se saca de una cosa”.

Es decir podemos entender el voto útil desde una mirada pragmática como pide el PRO respecto a que son sus candidatos los únicos que pueden evitar que vuelva a ganar el oficialismo, y no Massa ante el supuesto de que no llega a mover la aguja en el sueño de que la segunda vuelta se haga realidad. Pero también podríamos pensar la utilidad del acto electoral en relación a la posibilidad de obtener como ciudadanía una mejora, una ganancia en relación a cómo puede mejorar el país con el nuevo Gobierno.

En un sentido similar, se expresó recientemente el líder de ECO, actual segunda fuerza en la Ciudad de Buenos Aires, Martín Lousteau planteando que los argentinos venimos atravesando la dificultad, desde hace décadas, de votar movilizados por el enojo y no por la posibilidad de pensar positivamente en acompañar una idea política pensando en que el Estado funcione mejor.

Observemos por un momento el final de una carta que llegó por estos días a las casillas de correo de muchos argentinos firmada por Mauricio Macri. El texto, que parece validar las expresiones del ex ministro de Economía, convoca a votar por Cambiemos y concluye: “Si no queremos resignarnos y andar rumiando contra nuestro destino como si fuera una maldición, tomemos ahora mismo la decisión de empezar una nueva época. El 25 de octubre es nuestro lunes, nuestro primero de año, nuestro nuevo comienzo”. Por lo que se ve, el escaso tiempo que les queda a los candidatos a su vez los obliga a ser más radicales y a simplificar su mensaje, sintetizando cada vez más sus propuestas.

Es claro que la oposición necesita edificar sus oportunidades de llegar a ocupar la presidencia del país fabricando cemento del corto plazo del malhumor social ya que –matemática pura- si el sentimiento de bonanza crece y la posibilidad de reflexionar sobre lo hecho aumenta, la necesidad de cambiar se diluye.

Lo que también está claro es que Argentina necesita seguir fortaleciendo sus instituciones sobre continuidades democráticas sólidas que nos permitan estar mejor después de cada ciclo y no peor. No puede negarse que ese es el desafío más inquietante que tenemos por delante gane quien gane a fin de mes. Sin dudas, no empezar de cero es la condición más importante para crecer, para consolidar un proyecto de país, más allá de las disputas partidarias, o de los estados de ánimo. Debemos encontrar la forma de proteger las políticas públicas que fijan el rumbo del país a largo plazo, para evitar que las fluctuaciones de nuestros sentimientos dilapiden lo hecho en un trueque engañoso por la ilusión de castigar con el voto a cierto dirigente o fuerza política.

En 10 días volveremos a votar, y las últimas horas de la campaña son las más riesgosas en el sentido planteado. La desesperación por sumar votos a cualquier precio de los candidatos, nos hace caer en la tentación de pensar nuestro voto dándole paso a la especulación y dejando de lado la reflexión. Explicará este comportamiento que los mismos dirigentes que cuestionaron la calidad institucional del país y de nuestra democracia, ante escrutiños manoseados como el caso tucumano, convoquen hoy a votar “útil” y “en contra de”.

Si tanto Scioli, Macri y Massa están en su techo, tal cual han mostrado las encuestadoras durante las últimas semanas, es claro que deben reforzar su creatividad para obtener los votos que le faltan para llegar a la meta. Esta búsqueda es genuina y hasta esperada. Lo que es llamativo es que parecen haberse invertido los roles si comparamos con etapas previas de la campaña.

Aquellos que inicialmente como Cambiemos llamaban a soñar con un país mejor terminan con la calculadora en la mano especulando con sacar provecho del posible enojo de los sectores más críticos del Gobierno, recurriendo a exacerbar la necesidad de terminar con lo malo del pasado reciente, mientras que el Frente para la Victoria, señalado por muchos como poseedor –en sus dirigentes- de un estilo confrontativo, cierra su campaña mirando al futuro, con propuestas y mostrando los rostros con los que aspira a gobernar.

Lo que dejará este proceso electoral serán campañas políticas cada vez más volátiles, un peso específico mayor del electorado que a través de los estudios de percepción de la realidad social, económica y política, exigen marchas y contramarchas en la construcción de los discursos políticos de los distintos espacios. Más que nunca, un poco por la experiencia adquirida en 32 años de democracia y otro poco, por el incipiente crecimiento de la participación de la sociedad en política, parece estar presente la necesidad de pensar en estar mejor, en vivir mejor, en elegir proyectos y no dirigentes: en definitiva volver a votar por la positiva como lo hizo el pueblo argentino cuando recuperó la posibilidad de elegir pensado un proyecto de país en democracia como ocurrió cuando resultó electo Raúl Alfonsín en 1983.

Como dijo también Lousteau, Argentina va a cambiar si hacemos que el sistema funcione cada vez mejor. Tres décadas de ejercicio democrático nos permiten reflexionar, con aciertos y errores, sobre lo que necesitamos para progresar, para lograr que nuestros hijos tengan un futuro mejor. Lo que aparece en el horizonte es que si votamos enojados nos perderemos la oportunidad de poder elegir por la positiva y no reaccionar permanentemente en contra de algo.

*Titular de la cátedra ¨La comunicación como herramienta política (UBA)

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