El poder de elegir

El domingo próximo los argentinos tendremos la responsabilidad de votar por octava vez –desde la vuelta a la democracia en 1983-, en una elección presidencial. El país enfrenta un nuevo proceso eleccionario con la particularidad que plantea la necesaria renovación de la figura presidencial y la fuerza simbólica del partido a cargo de la administración del Estado.

En este sentido, dicho escenario electoral ha marcado a fuego toda la campaña  –tanto para el oficialismo como para la oposición- centrando la discusión sobre los ejes de continuidad o cambio al ritmo que marca el nivel de aceptación de la gestión de Gobierno, tan fluctuante como el clima y que por estos días rondaría el 55% de aprobación.

Según manifiestan los distintos estudios de opinión pública, los argentinos esperan mayor moderación y diálogo en el próximo presidente; la tendencia a la búsqueda de cambio se ubica en el 52%. Sin embargo, en la última etapa de la campaña, la dirigencia ha comenzado a intuir que la población a su vez se aleja de la idea de comenzar de cero nuevamente o de tirar por la borda los avances de la última etapa.

Es muy importante destacar que hay características de uno u otro candidato que se ponen en valor según el termómetro del tiempo histórico, social y económico que marca la época. Argentina ha venido padeciendo las consecuencias de crisis económicas cíclicas que han puesto al país en una situación de refundación cada 10 años como consecuencia de desmanejos políticos y mezquindades de los sectores económicos a los que les cuesta pensar en términos de Nación y a largo plazo.

En este contexto, los candidatos han venido surfeando la realidad y pivoteando desde sus estrategias comunicacionales sobre dos factores que terminarán definiendo su destino: la valoración de la población acerca de la gestión del Gobierno actual (motor de los ejes de continuidad y cambio) y la cuestión de la gobernabilidad que tiende a predominar en el último tramo de las campañas en elecciones presidenciales.

En definitiva, uno de los factores que han sobresalido en la disputa es el peso creciente de la opinión del electorado, que sin dudas será uno de los rasgos destacados de estas elecciones presidenciales. Nos hemos cansado de leer y escuchar críticas en relación a la falta de ideas o propuestas de los partidos, pero perdimos de vista que el centro de la escena se ha corrido al elector. El humor social es el que rige. Más que nunca la capacidad de interpretar sus emociones fue una de los principales desafíos para los equipos de comunicación de cada bunker. La garantía de capacidad de gobierno también es una exigencia presente en el electorado que ya no quiere alternativas que no puedan conducir los destinos del país.

El antecedente más cercano muestra un techo muy alto y hacia donde se lanzaron a la conquista los postulantes. En 2011 Cristina Fernández de Kirchner ganó la presidencia con el 54% de los sufragios. Esto nos deja una reflexión por estos días que es poder medir hasta dónde llega el posible desgaste que puede haber tenido el  Gobierno en estos últimos cuatro años.  En este sentido, el eje de la continuidad ha ido fortaleciéndose dejando en un nivel más moderado al eje del cambio lo que ha exigido una serie de reacomodamientos de la oposición (en comparación por ejemplo con el inicio de 2015). El sentimiento que subyace en el electorado en la idea de “No empezar de cero” sino de continuar avanzando independientemente del color político.

Por el lado del eje del cambio, la oposición comenzó sus recorridos apuntando a capitalizar gestiones propias o la capacidad de haber conformado amplias alianzas pero se vieron obligados a finalizar mostrando carácter y yendo a buscar los votos ajenos. Sin poder evitar la necesidad de mostrar la tan mentada y comentada gobernabilidad.

Otros apuntaron a conmover con iniciativas contundentes y de alto impacto como proponer una mayor preponderancia a las fuerzas armadas, mostrando imágenes de intervenciones militares que parecen no ir alineadas a los tiempos que corren, si bien el flagelo del narcotráfico en los jóvenes es un tema que los candidatos deberían abordar.

Desde el eje de la continuidad, la experiencia y la gestión aparecieron como fortalezas determinantes en su discurso. De todos modos, el sello de la gobernabilidad es su mayor capital en esta elección y estuvo presente en toda su comunicación, apuntalada con logros.

Se nos presenta una primera duda y es cuál será el espacio político que pueda aprovechar en mayor medida el voto del sector de la población que rechaza la gestión de Gobierno, y si ese caudal alcanza para ganar. Si evaluamos los últimos movimientos deberíamos sentenciar que no.

Se ha hablado mucho en estos últimos días de voto útil donde los candidatos comienzan a agotar los recursos en busca de los votos que necesitan para llegar al objetivo. Ganar en primera vuelta o forzar un ballotage, son las metas de uno u otro lado.

Podemos entender el voto útil desde una mirada pragmática como han pedido en los últimos días algunos representantes del mundo artístico respecto a cuál es el candidato que podría evitar que vuelva a ganar el oficialismo, y no las propuestas más testimoniales ante el supuesto de que no llegan a mover la aguja en el sueño de que la segunda vuelta se haga realidad. Pero también podríamos pensar la utilidad del acto electoral en relación a la posibilidad de obtener como ciudadanía una mejora, una ganancia en relación a cómo puede mejorar el país con el nuevo Gobierno.

Es natural que la oposición ha necesitado edificar sus oportunidades de llegar a ocupar la presidencia del país fabricando cemento del corto plazo, es decir, a base del malhumor social ya que –matemática pura- si el sentimiento de bonanza crece y la posibilidad de reflexionar sobre lo hecho aumenta, la necesidad de cambiar se diluye.

En esta línea van las denuncias que se sumaron por estas horas por supuestos casos de espionaje, que apuntan, a cualquier precio, a torcer en este último tramo, la percepción del electorado respecto a los límites de la privacidad y así evidenciar un Estado que atropella las libertades individuales. Esto debiera tener su curso natural en la Justicia, pero el timing de las denuncias hace pensar que hay una intencionalidad política detrás.

La mejor noticia es que la llave la  tiene el pueblo argentino. El tan nombrado electorado que con su voto resolverá si la Argentina se dispone a continuar por el camino iniciado o si nuevamente elegirá volver a empezar. La pregunta que nos queda por hacernos es, ¿se podrá encontrar la forma de proteger las políticas públicas que fijan el rumbo del país a largo plazo, para evitar que las fluctuaciones de los sentimientos “anti” o los enojos del momento dilapiden lo hecho en un trueque engañoso por la ilusión de castigar con el voto a cierto dirigente o fuerza política?

La respuesta probablemente no sea una sola y se pueden esgrimir múltiples argumentos para resolver el interrogante en la dirección que se crea conveniente. Seguramente podrán aparecer razones para plantear como necesario votar en contra de alguien, como también sobran los argumentos para mirar al futuro de una buena vez y priorizar la Nación por sobre las especulaciones particulares. Como vimos, saludablemente la democracia Argentina nos ha dejado una nueva enseñanza: hoy el foco está puesto en el que elige. No perdamos la oportunidad de poner en valor nuestro voto ya que la mejor respuesta a la cuestión esbozada la tendrá cada uno al entrar al cuarto oscuro.

Gonzalo Arias.

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