Crónicas del aguante. Una cuestión de perspectiva

Por Gonzalo Arias

Quienes siguieron con atención las 63143repercusiones en medios y redes sociales de la ceremonia de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, se encontraron con cierta mirada –un tanto absurda y a destiempo por estos días- que puso el foco en deslegitimar el gobierno de Mauricio Macri en función de la escasa movilización popular evidenciada durante la jornada, en contraposición con las plazas militantes y grandes movilizaciones kirchneristas en inicios legislativos anteriores.

A riesgo de caer en obviedades, lo primero que podríamos decirle a algún dirigente de Cambiemos -al que pudieron haberle entrado las balas de la provocación “ciber k” y que pudiera estar preocupado por el síndrome futbolero de la tribuna vacía- es recordarle que en el marco de los sistemas democráticos representativos -como el nuestro-, quien obtiene la mayoría en las urnas y por ende ostenta la legitimidad electoral, ejerce la “representación” del conjunto de la sociedad, independientemente de cuanta gente lleve el domingo, siguiendo con la metáfora del aguante futbolero.

También vale traer a colación las recomendaciones de las buenas formas democráticas para evitar caer en los peligros de la “dictadura de la mayoría” a la que Alexis Tocqueville se refiere en su clásico libro “La Democracia en América”, y que nutrieron al constitucionalismo moderno para idear e implementar distintos procedimientos e instrumentos para acotar los márgenes de maniobra de esas mayorías y evitar la siempre presente tentación autoritaria: tales como las elecciones legislativas de medio término, representación proporcional en las cámaras del Congreso, órganos de fiscalización y control con participación opositora, entre otras.

Queda claro entonces que el reconocimiento de esta legitimidad electoral, indiscutible por cierto, si bien no desconoce en absoluto el viejo juego político entre “gobierno” y “oposición” muy saludable para la vida política de un país, no puede bajo ningún punto de vista perder valor por el tamaño de su hinchada. Es más, en la coyuntura actual queda claro que uno de los escenarios privilegiados de esa articulación –aspiramos a que se eleve el nivel de la discusión- será el Congreso de la Nación.

No hay que temerle a los disensos y el dirigente que no lo entienda perderá peso político en cuestión de segundos. La tensión entre confrontación y consenso, lucha y deliberación, es inherente a la política. Es la misma pluralidad que caracteriza a la sociedad, la que genera diversidad de proyectos y objetivos que son plasmados en la acción política de los distintos grupos sociales.

Desde esta perspectiva, podríamos decir sin temor a equivocarnos que más preocupados deberían estar los dirigentes peronistas que los referentes de las filas macristas. Produce al menos sorpresa que representantes de la fuerza que ha hecho un culto de los contenidos de la política y de la calidad de susjugadores (cuadros políticos) hoy estén queriendo ganar la disputa contando gente en la tribuna o apelando al tristemente célebre pintoresquismofutbolero: “Ganaron pero nosotros tenemos más aguante”. Como saben bien los seguidores de cualquier equipo de fútbol argentino la tabla que vale es la de los puntos y no la de venta de entradas como si fuera la taquilla de un teatro. En política ocurre algo parecido con los votos.

Cada demostración tribunera vuelve más fuerte y legítima la supuesta tibieza del aguante macrista. “No llenaste la plaza” (que poco dista en la jerga del aguante –que tanto ha estudiado Pablo Alabarces, autor del libro “Crónicas del aguante”- de un “corres en todos lados”) no parece la misiva de la construcción discursiva de la hegemonía, para decirlo en los términos de uno de los intelectuales fetiche del kirchnerismo, de la que fuimos testigos durante los últimos años.

Una construcción discursiva que no sólo implica la institución de un “relato” que dé sentido al proyecto político dominante, sino también la construcción política del “otro” en tanto adversario. Quizás en este proceso de consolidación identitaria este la clave para entender las disrupciones del presente: probablemente este empobrecimiento del relato se deba a que todavía el otrora partido de gobierno no ha encontrado todavía como jugar mejor su nuevo rol opositor.

Por otra parte, de lo que sí podrían tomar nota desde Balcarce 50 es que en todo proceso discursivo, la identidad es una construcción simbólica que se conforma en la interacción de tres actores básicos: los protagonistas, los antagonistas y las audiencias. Está claro que desde la descalificación por twitter o por medio de canticos agraviantes en el recinto no se le moverá un pelo a Mauricio en términos de poder de daño, pero Cambiemos necesita seguir construyendo una identidad propia que vaya más allá de poner todo en modo no cristinismo. Esa identidad que le permita demostrar que puede ganar el partido –gobernar-  (aun con hinchada de equipo chico) frente a la provocación que le hacen desde la vereda de enfrente.

El discurso de Macri ante la Asamblea Legislativa parece empezar a recorrer ese camino, incorporando la construcción de imaginarios identitarios y simbólicos que buscan dar sentido a su proyecto político, en contraposición a la “herencia” recibida. Recordemos que el ex presidente de Boca ya había alcanzado un primer logro en materia de construcción identitaria y política en su camino a la presidencia. Muchas veces subestimado, pudo constituirse en el líder de una fuerza superadora que alcanzó volumen propio y la territorialidad y diversidad suficientes para destronar al peronismo. Como dijimos hace algún tiempo, y por dar un ejemplo elocuente, Macri se quedó con la transversalidad que el kirchnerismo de Néstor supo construir.

Ahí nació un recorrido que se fue robusteciendo sobre la base de una creciente legitimidad social y de la mano de una nueva impronta comunicacional. Al igual que el Frente para la Victoria, utilizando el “Storytelling” (Christian Salmon, 2007), recurso que se ha venido consagrando durante la última década como una técnica comunicacional que busca dar forma y estructura al relato para que éste, a través de una “narración” que apela a sentimientos y emociones, pueda ser comunicado y transmitido de una manera sencilla y contundente a todos los que conforman el “público objetivo”.

Parafraseando a Charly Garcia, Macri podría decirle a su seguidor partidario preocupado: “Este es el aguante (el nuestro), te lo digo yo”. Los resultados, tanto de la operación discursiva como del proyecto de Cambiemos, son aun inciertos. Más allá del tamaño e impronta del aguante amarillo habrá que ver hasta donde sigue acompañando y legitimando la población las decisiones tomadas por el Presidente. Sí, Mauricio Macri, el Presidente hasta 2019. Say No More!

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