Balas de salva

 

o-PABLO-IGLESIAS-facebook.jpg“Ninguna pasión priva de manera tan efectiva a la mente de su capacidad de actuar y de razonar, como el miedo”. Edmund Burke.

Por Gonzalo Arias

Las frustradas expectativas en relación a la performance electoral de Pablo Iglesias y su fuerza “Podemos” en las recientes elecciones generales de España han vuelto a poner sobre el tapete la cuestión del cambio y las actitudes del electorado respecto a él.

Una nueva promesa electoral que no llega a plasmar en las urnas la ilusión de cambio insuflada durante la campaña, y que nos lleva a preguntarnos una vez más, ¿cuándo el electorado está en condiciones reales de cambiar, es decir, de decidirse a tomar riesgos en pos de algo realmente “nuevo”?

En principio, la experiencia histórica parece indicar que salvo en situaciones donde se toca verdaderamente fondo y donde la necesidad de renovar las expectativas –a pesar del riesgo- supera al miedo a modificar el rumbo, el cambio será siempre muy difícil. Sólo cuando las cosas van realmente muy mal, el cambio es percibido por el electorado como una “oportunidad”, como lo ha demostrado, por ejemplo, el caso de Alexis Tsipras y Syriza en Grecia.

Sin embargo, a menudo, lo “nuevo”, en tanto desconocido y en cierta medida impredecible, provoca siempre más temor que esperanza. Si bien no debe en absoluto minimizarse la magnitud ni la legitimidad de fenómenos políticos y sociales como Podemos en España o el Movimiento “5 Stelle” en Italia o, en nuestro continente, los movimientos en torno a Antanas Mockus en Colombia o Marco Enríquez Ominami en Chile, lo cierto es que se trata de opciones electorales que no han logrado plasmar en el voto ciudadano los vientos de cambio que le dieron nacimiento.

Mucho se ha escrito en la sociología electoral sobre la actitud conservadora de los votantes, propensión que no necesariamente tiene tanto que ver con las orientaciones ideológicas sino que es en cierta forma innata a la propia condición humana. En algún sector del electorado ésta disposición es producto de una elección consciente y deliberada, pero en muchos otros ciudadanos se materializa en sus preferencias electorales aunque no sea expresamente elegida ni cultivada.

Esta actitud más cercana a sostener el  status quo refleja indudablemente una reacción frente al cambio, o más precisamente una aversión al cambio, que se percibe primariamente como una “pérdida”, y que por ello suscita temor. Más aun también cuando algunas experiencias renovadoras –sin base partidaria ni histórica política de referencia- generan expresiones con gran volumen social e impacto mediático pero que fracasaron al momento de llevar adelante una gestión. Grupo en el que se inscribe luego del pasado fin de semana el derrotero de “Podemos” en España.

Por ello, para este tipo de votantes muy extendidos en los electorados de todos los países, los “cambios” pequeños y progresivos resultarán siempre más tolerables que los grandes y bruscos. Además, toda apariencia de cierta continuidad, y por ende de estabilidad, será siempre valorada.

A la luz del auge de los movimientos de indignados frente a la falta de respuestas de los Gobiernos, y de las sucesivas crisis de confianza que sufren los partidos políticos y las dirigencias tradicionales, las idas y vueltas en torno a cambios y continuidades mueven el péndulo que mayormente motoriza las contiendas electorales por estos días. Nuestro país no ha permanecido ajeno a estas tendencias electorales. Es más, recordemos que todos los estudios de opinión pública realizados durante el último proceso electoral presidencial mostraban que más de la mitad de los argentinos se inclinaban por un lugar intermedio entre cambio y continuidad, o para decirlo en otros términos, por un “cambio moderado”. No olvidemos las palabras que por entonces pronunciara el hoy Jefe de Gabinete Marcos Peña en relación a la vocación del PRO por mantener los logros del gobierno kirchnerista y corregir lo que se hizo mal, tan criticadas entonces en el “microclima” de la política, pero que no hacían más que reflejar el sentimiento de amplias capas de votantes.

Como se ha dicho, por lo general, el cambio está asociado al miedo. Y, en política, la apelación al miedo si bien es tan antigua como el hombre mismo, no por ello ha perdido su efectividad. En este contexto, el sentimiento de miedo puede a menudo ser instintivo,  pero también el producto de una construcción intencionada fruto de una estrategia electoral.

Por ello, vemos como en campañas electorales a lo largo y lo ancho de todos los continentes, se siguen utilizando una y otra vez discursos y mensajes políticos y electorales con advertencias y amenazas, en ocasiones explicitas, otras veladas e implícitas, acerca de los males y consecuencias negativas que se derivarían del triunfo de tal o cual candidato.

Echar mano del recurso del temor al cambio, un tanque de la comunicación política, casi siempre vuelve desigual cualquier contienda: en el lado de “lo nuevo”, por más ruidoso que éste sea, los soldados quedan armados sólo con balas de salva.

A menudo, muchos se preguntan por qué se siguen utilizando este tipo de herramientas de comunicación política. La respuesta, para muchos perturbadora, es pragmáticamente muy simple: por qué funcionan. Y ahí está el caso de Podemos para recordarlo.

*Titular de la cátedra: La comunicación como herramienta política, UBA

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