Megalómanos. ¡¡eso sí, de izquierda!!

 Por Gonzalo Arias*

Tras las sangrientas dictaduras militares y la largaBx1svBbCUAA2vqA.jpg década neoliberal de los ’90, nuevos vientos de cambio parecieron soplar en esta parte del continente. La política latinoamericana presenció así la llegada al poder de expresiones políticas que –más allá de los lógicos matices- intentaron expresar reivindicaciones y demandas populares largamente desatendidas, como en Brasil, Venezuela, Ecuador, Bolivia, entre otros países.

Proyectos que llegaron al poder enarbolando banderas de izquierda y planteando profundas transformaciones democráticas, pero que terminaron siendo víctimas de la soberbia, la arrogancia y el ego de líderes que conciben al poder como un fin en sí mismo.

Esta “enfermedad del poder” no es en absoluto un fenómeno nuevo. Como en tantos otros asuntos de la política, la tradición helenística está plagada de historias y mitos de personajes victimas de la soberbia del poder. Desde Aquiles, quien desató la ira de los dioses al ultrajar el cadáver de su enemigo Héctor, hasta Icaro, que intentó volar como los dioses hacia el Olimpo, la mitología griega es rica en ejemplos de esta “enfermedad”, consistente en creerse superior al resto de los mortales, y que los helenos bautizaron incluso con el nombre de hubris.

Desde entonces, muchos líderes y gobernantes han sucumbido ante la tentación de la hubris. Desde los emperadores romanos Claudio y Caracalla (Marco Antonio Basiano), pasando por el Papa Benedicto IX y Napoleón Bonaparte, hasta los líderes totalitarios y los dictadores del siglo XX, los delirios del poder han estado a la orden del día

Los gobiernos “progresistas” de la región impulsaron importantes transformaciones desde el punto de vista de la redistribución de la riqueza, del reconocimiento y ampliación de derechos, y de la recuperación de la soberanía. Sin embargo, esos proyectos no pudieron consolidarse y proyectarse a largo plazo más allá de los personalismos, dejando entreabierta la puerta a la restauración neoliberal que hoy en día pisa fuerte en varios países del continente.

El hecho de que no se haya planteado seriamente la alternancia y renovación generacional al interior de esos proyectos, habla a las claras de que la “enfermedad” del poder ha calado hondo en el continente. Sin dudas, algo que genera decepción y frustración en cientos de miles de militantes y simpatizantes que fueron protagonistas de dichos procesos, pero que muestra que mucho de lo construido hoy correr riesgo de perderse a causa de la soberbia y el ego de estos megalómanos.

Por ejemplo, en Ecuador, Rafael Correa asumió en el 2007 y se despide del gobierno el año que viene tras dos períodos consecutivos a la cabeza de la Revolución Ciudadana. A pocos meses de dejar el poder, nominó un binomio presidencial encabezado por un candidato que no sería de su agrado (su primer vicepresidente, Lenín Moreno) y secundado por su actual vice, y hombre de confianza, Jorge Glas.

Un presidente que cosechó contundentes apoyos no solamente en las elecciones presidenciales (56,67% en el balotaje en 2006, 51,99% en 2009 y 57,17% en 2013) sino que se plebiscitó en varios referéndums, parece ser hoy -con sus intervenciones y medidas de gobierno- el principal ariete de las estrategias de la oposición.

No sólo aclaró en oportunidad de nominar la fórmula presidencial de su espacio político, que no se tolerarán “traidores”, sino que a escasos meses para la elección, decidió volver a enviar a la Asamblea las leyes de Herencia y Plusvalía que había tenido que retirar en julio del año pasado a causa de las manifestaciones populares que, por primera vez, le dieran el brazo a torcer al tozudo primer mandatario.

 En Bolivia, Evo Morales fue electo como Presidente en el 2006, y tras una década en el poder, impulsó un referéndum para consultar a la ciudadanía sobre una reforma constitucional para habilitar su re-reelección. Ganó el No con una diferencia de 3 puntos, condicionando así innecesariamente el desarrollo de su gobierno, que termina recién en el 2020.

En Venezuela, donde escasean alimentos básicos, y dónde conseguir productos de primera necesidad como papel higiénico y jabón es una quimera, el presidente Nicolás Maduro sigue bloqueando la posibilidad de un referendum y persiguiendo a los opositores, a quién sigue cínicamente presentando como los responsables de la debacle de su gobierno.

En América Central, y en particular en los países que integran el denominado “Triángulo del Norte”, estas tendencias se han venido manifestando con particular crudeza, en el marco de países con los niveles de pobreza y de violencia más altos del continente.

En Guatemala, luego de que el clamor popular contra la corrupción y la impunidad eyectará de sus cargos al Presidente Otto Peréz Molina y su vice –hoy presos-, el cómico Jimmy Morales se alzó con el poder tras una campaña basada en el slogan “ni corrupto, ni ladrón”. Hoy, tras verse jaqueado por denuncias de corrupción que afectan a su entorno familiar, y haber enterrado las promesas de renovación abrazando los mecanismos de la “vieja política”, culpa de todos sus males a la prensa.

En El Salvador, los viejos guerrilleros del FMLN, hoy en el poder, no sólo no contribuyeron a solucionar los graves problemas estructurales que afectan al país, sino que han profundizado la tendencia a la polarización y división de la sociedad salvadoreña heredada de los tiempos de guerra civil, apelando asimismo a métodos tildados de antidemocráticos e inconstitucionales por la mayoría de la oposición.

Y, Nicaragua, continúa siendo sin dudas el laboratorio privilegiado para el análisis de los delirios del poder en el continente.  En el 2009, el periodista inglés David Frost entrevistó al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, quien le admitió querer vivir 100 años para gobernar. En ese entonces el único límite para cumplir su deseo de un gobierno ad eternum era un papel llamado “Constitución de Nicaragua”, que en 1995 dejó atrás la reelección indefinida.

Hoy con 70 años, su tercera presidencia llegando a su fin y la Constitución reformada en 2014, acaba de ser reelecto tras obtener el 72% de los votos. Sin embargo, el otrora comandante guerrillero, esta vez acompañado como Vice por su esotérica esposa Rosario Murillo, que en sus discursos combina apelaciones a Dios, la felicidad y el socialismo, empezará a transitar su cuarto mandato en un contexto de descomposición democrática de las instituciones del país y denuncias de excesos autoritarios por parte de sus otrora aliados, los aliados obispos católicos

En nuestro país, con una larga historia de caudillismos, reencarnados en el hiperpresidencialismo consagrado normativamente con la reforma constitucional de 1994, tampoco hemos sido inmunes a esta “enfermedad” del poder. Ahí está la experiencia de los últimos años de Cristina Fernández de Kirchner en el poder, para recordarlo.

En la mitología griega, la hibris se paga, y los personajes que se creen inmortales terminan siendo víctimas de su propia soberbia, castigo que los griegos llaman némesis.

Así como Aquiles, muerto finalmente en manos de Paris, e Icaro con sus alas derretidas por el sol, los megalomanos modernos, presos del culto a su propia historia personal, también tienen su némesis y son castigados o por las urnas o por la historia

Titular de cátedra; La comunicación como herramienta política (UBA – Sociales)

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