La “argentinización” del proceso electoral ecuatoriano

Por Gonzalo Arias*

0_dukgi114-1El pasado domingo los ecuatorianos comenzaron a decidir en las urnas quien será el nuevo habitante del Palacio de Carondelet por los próximos cuatro años.

Cambio versus continuidad, continuidad versus cambio; ese fue el terreno que hegemonizó la competencia electoral en la primera vuelta, y lo que determinó la fuerte polarización que explicaría en gran medida la llegada de Guillermo Lasso a una posible segunda vuelta que tendría lugar el próximo mes de abril.

Se vivió una jornada decisiva no sólo para Ecuador sino también para la región:  luego de los marcados cambios de rumbo de Argentina y Brasil, de la profunda crisis por la que atraviesa Venezuela, y de las denuncias de corrupción que asolan a varios líderes progresistas de la región, el gobierno de la “revolución ciudadana” se erigió como uno de los últimos bastiones de la izquierda latinoamericana.

La era Correa y la “revolución ciudadana” fueron, sin dudas, un parteaguas en la turbulenta e inestable historia ecuatoriana de los últimos años, y un hito a nivel regional del denominado “Socialismo del Siglo XXI”, hoy en vías de extinción en la región.

En este marco, el hecho de que el candidato oficialista Lenin Moreno no haya logrado perforar el techo del 40% de los votos que le hubiese permitido un triunfo en primera vuelta, frente al 57% obtenido por Correa en 2013, es un duro golpe de realidad para la revolución ciudadana que gobierna desde enero de 2007.

La actual coyuntura del país es evidentemente muy distinta a la de hace 10 años, en gran parte por la crisis económica que atraviesa el país tras un período de bonanza basado en los altos precios del petróleo, que llegaron a bordear los 100 dólares por barril, lo que, según especialistas, difícilmente se volverá a ver en el futuro próximo.

Pero además, es la primera vez en una década que los ecuatorianos tienen una papeleta de votación que no incluye a Rafael Correa y, en ese sentido, las similitudes con lo ocurrido en las últimas elecciones presidenciales de Argentina en 2015, son más que evidentes.

Al igual que el candidato kirchnerista Daniel Scioli, Lenin Moreno buscó ganarse los votos con una fuerte apelación a la continuidad del proyecto en el poder -sintetizada en el lema “el futuro no se detiene”- y haciendo hincapié en los logros de la “década ganada”, formulación tomada por cierto del gobierno de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Frente a ello, el ex banquero Guillermo Lasso, al igual que el ex empresario y actual Presidente Mauricio Macri en Argentina, logró colarse en la segunda vuelta electoral de la mano de una explicita apelación al cambio. El “cambiemos” de Macri tuvo así su traducción local en el “vamos por el cambio” del candidato de Creo.

Al igual que en el caso argentino, la performance del candidato oficialista demostró los límites inherentes de una estrategia basada exclusivamente en el continuismo. Con un voto duro que garantizaba un piso electoral alto, pero a la vez con un techo infranqueable determinado por el mismo discurso continuista que alejaba a votantes independientes otrora favorables a Alianza País, se estaría confirmando el escenario de “ballotage” que se insinuaba en los últimos tramos de campaña.

De esta forma, la sola apelación a los supuestos logros de los últimos diez años, si bien le permitió a Lenin obtener una diferencia de casi diez puntos porcentuales respecto a Lasso, se reveló a todas luces insuficiente para construir la mayoría electoral necesaria para lograr un triunfo en primera vuelta.

Frente a este escenario, varias preguntas se imponen: ¿Lenin repetirá los errores del kirchnerismo en el 2015?, ¿está a tiempo de diferenciarse del gobierno de Correa en aquellos aspectos fundamentales para seducir a los votantes que perdió Alianza País en los últimos años?, o  ¿la tendencia por el cambio es ya una marea incontenible?

Todos interrogantes que comenzarán a develarse en estos próximos días, en un nuevo capítulo electoral que será sin dudas muy distinto al que vimos hasta el domingo, y que suscitará la atención de todo un continente.

Por lo pronto, el anunciado apoyo de Cynthia Viteri a la candidatura de Lasso pareciera tornar posible la unidad que el espacio opositor no pudo conseguir en la primera vuelta. Por el contrario, la decisión de Paco Moncayo de no apoyar a ningún candidato, pese al magro 7% obtenido, sumados a los ataques del Presidente a Bucaram y Espinel, no auguran un escenario auspicioso para el oficialismo.

Sin embargo, asistimos a un final abierto: la historia aún está por escribirse y dependerá en gran medida de lo que hagan los candidatos en los 30 días de esta nueva campaña.

El desafío de la segunda vuelta

La demora del oficialismo en reconocer que los resultados del pasado domingo conducirían a una posible segunda vuelta electoral conspiran contra el ya de por sí titánico desafío que enfrenta Lenin Moreno de cara a los próximos 30 días de campaña.

La magra performance de Paco Moncayo, otrora aliado de Alianza País, y su declaración de prescindencia en relación a la segunda vuelta; los recurrentes ataques de Correa a Dalo Bucaram; y los comentarios del primer mandatario desacreditando como abogado y candidato joven a Iván Espinel, son en este sentido los principales obstáculos para el éxito de cualquier estrategia destinada a “seducir” a ese casi 16% de votantes.

Si no es allí, ¿dónde buscará Lenin Moreno los votos necesarios para imponerse en una segunda vuelta? Porque, aunque a esta altura resulte casi una obviedad, insistir durante esta nueva campaña que se inicia en la profundización del modelo y los logros de la “década ganada” no implicaría más que un suicidio político.

Por lo pronto, el no reconocimiento de los resultados tiene un efecto deslegitimador del ejemplar proceso electoral que vivió Ecuador, que no sólo perjudica las chances del candidato de Alianza País, sino que coadyuva a conseguir una unidad de las principales expresiones políticas de la oposición que hasta hace muy poco parecía difícil.

* *Titular de cátedra; La comunicación como herramienta política (Universidad de Buenos Aires, Argentina)

 

 

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