¿Desinteligencia electoral o estrategia explícita?

urna-eleccionesEl 25 de mayo de 2003, Néstor Kirchner asumía la Presidencia de la Nación con apenas el 22% de los votos, iniciando no sólo un notable proceso de reconstrucción de la autoridad presidencial y la institucionalidad democrática tras la debacle de fines del 2001, sino también de construcción de una mayoría –que desbordó ampliamente los límites del propio justicialismo o “pejotismo” como solía decir el ex Presidente- que le permitiría legitimar electoralmente su proyecto político y llevar adelante profundas transformaciones en el país.

Apenas 14 años después, los principales actores del kirchnerismo encaran la contienda electoral en ciernes con estrategias diametralmente opuestas a las del fundador de dicho espacio político.

Cristina Fernández de Kirchner, sin dudas la principal referente del espacio, ratificó en sus últimas apariciones públicas que parece haber definitivamente renunciado a esa vocación para la construcción de amplias mayorías que caracterizó al gobierno de su marido Néstor, abrazando una estrategia centrada en la fidelización de su “voto duro” a través de una fuerte polarización con el gobierno de Mauricio Macri.

Polarización que, por cierto, también abraza decididamente Cambiemos. Como el tango, la polarización se baila de a dos, y es en este sentido que podría incluso afirmarse que desde el punto de vista de las estrategias político-electorales Macri y Cristina Fernández de Kirchner, resultan socios en la grieta.

Está más que claro que ésta estrategia le sirve a Mauricio Macri para llevar el debate electoral a un terreno lo más alejado posible de la marcha de la economía, y mejorar sus chances de ganar las elecciones legislativas de medio término y lograr así un importante plebiscito para su gestión.

Ahora bien, ¿para qué le sirve al kirchnerismo? ¿Qué busca una dirigente política con una imagen negativa que supera holgadamente su imagen positiva, que continúa hablandole a los más convencidos que no ven más allá del espacio que supo construir, y que ya ni siquiera dirige sus esfuerzos a quienes quedaron en la frontera, es decir a aquellos que alguna vez acompañaron electoralmente al kirchnerismo pero que hoy les cuesta entrar?

Esta misma estrategia parece replicarse en los primeros procesos electorales de este año, como lo demuestran las elecciones del pasado domingo en la capital correntina. El actual intendente justicialista Fabián Ríos, quien no sólo llegó hace 4 años a dicho cargo con la boleta de Cristina sino que incluso fue senador nacional (2003-2009) compartiendo el bloque del FPV junto a la ex Presidenta, perdió las elecciones de la mano del candidato de Cambiemos. Un triunfo que sólo fue posible por la dispersión del voto generada por la presentación de una lista ultrakirchnerista -patrocinada por Kolina, Nuevo Encuentro y La Cámpora- que le quitó a Ríos aproximadamente los 4 puntos porcentuales que lo separaron del ganador.

Alguno dirá que no es una estrategia nueva, y probablemente tenga razón. Más aún si recordamos lo ocurrido tanto en las últimas elecciones nacionales, como en el ballotage porteño. Así como Cristina Fernández de Kirchner tuvo un decisivo rol en la derrota del candidato Daniel Scioli a manos de Mauricio Macri, condicionando la campaña e impidiendo permanentemente cualquier estrategia diferenciadora, el triunfo del actual Jefe de Gobierno porteño en el ajustado ballotage contra Martín Lousteau sólo fue posible con el concurso del llamado al voto en blanco de “La Cámpora”.

A 6.000 kilometros del obelisco porteño, en la altura de Quito, el flamante Presidente ecuatoriano Lenín Moreno pareció aprender la lección de las presidenciales argentinas, y supo llevar adelante una campaña electoral que sin renegar del legado de los 10 años de Rafael Correa le permitió diferenciarse del ex presidente con una serie de medidas concretas en áreas claves como la relación con los medios, la lucha contra la corrupción, y las salvaguardas económicas, que fueron claves decisivas para el triunfo que le permitió  ser el nuevo habitante del Palacio de Carondelet.

De cara a octubre, la apuesta del kirchnerismo más duro parece ser no sólo la de consolidar el liderazgo de un espacio ya diezmado por la dispersión y la fragmentación, sino a la vez que obturar las posibilidades de cualquier proyecto de renovación del justicialismo que busque abrirse camino a través de convocatorias más amplias que demandan necesariamente alguna dosis de autocrítica y revisión de lo actuado como precondición para poder interpelar nuevos votantes.

A esta altura ya está más que claro que no se trata de meras desinteligencias electorales, sino de una estrategia explícita. Y Mauricio Macri y el frente Cambiemos se lo agradece.

*Gonzalo Arias es sociólogo, consultor en Comunicación Política. Autor de “Gustar, Ganar y Gobernar” (Aguilar 2017)

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