El sentido común: el aliado de la comunicación política

Por Gonzalo Arias

En la década del ’30, William Thomas definió lo que la sociología reconocería posteriormente como el “Teorema de Thomas”, y que articularía una variedad de debates y problemáticas en la consultoría política: “si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias”.

A partir de esta síntesis, la disputa política, al menos en términos comunicacionales, se trata de cómo los electores perciben la realidad, es decir, la política se convierte en un juego de percepciones. Es en ese marco que se entiende la utilización del tantas veces denostado sentido común, como forma de comunicar a la que se recurre cada vez con más frecuencia e intensidad.

La tradición iluminista que asumió parte de occidente en los últimos trescientos años asimiló como una virtud la complejidad intelectual. Lo difícil, lo que exige esfuerzo cognitivo, lo que no es asimilable por los ojos ligeros de cualquier observador casual, lo que solo entienden unos pocos, es considerado como un avance en el desarrollo histórico. Sin embargo, no siempre fue así. De hecho, tendencias estéticas como el minimalismo, cada vez con mayor cantidad de simpatizantes en oriente y occidente, resumen su cotidianeidad en una atmósfera descomplejizada, simplista y apreciable, aun para quien no conoce el origen y fundamento de dicha filosofía.

Lo cierto es que no todos tienen el suficiente tiempo y formación académica para teorizar, argumentar y contra argumentar, menos aun sobre cuestiones políticas. En un mundo de descreimiento y apatía ciudadana por la actividad política, la comunicación echa mano al sentido común como abanico interpretativo de las personas, es decir, como conjunto de conocimientos, esfuerzos intelectuales y cuotas de atención e interés que posee un elector para interactuar con un mensaje.

El sentido común, en términos de comunicación política, opera como un puente discursivo. El objetivo es poder decirle algo al elector, recurriendo al uso de su propio lenguaje, adaptándose a la complejidad, el interés y las definiciones del mundo del votante, y no obligarlo a que él se adapte al discurso de los políticos.

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¿Quién es el candidato de Cambiemos? Carisma, gestión o continuidad

Por Gonzalo Arias

En una columna anterior, nos preguntamos qué pasaría si el candidato fuese Marcos Peña. En esta ocasión nos preguntamos que ocurriría si fuesen María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta o Mauricio Macri.

Analicemos los atributos y fortalezas de cada uno de los principales referentes de Cambiemos y sus potencialidades como futuros candidatos a competir por el sillón de Rivadavia.multimedia.normal.8e86fa5fdc25136a.6c617272657461206d6163726920766964616c2040757267656e746532345f6e6f726d616c2e6a7067

Vidal: el capital carismático de Cambiemos

Hay quienes establecen que el triunfo de María Eugenia Vidal en 2015 fue el pilar fundamental que le aseguró a Macri su triunfo a nivel nacional. Más allá de las interpretaciones, si vemos los guarismos la tendencia es clara: cuando Vidal logró incrementar su caudal electoral, Macri hizo lo propio. Como contracara, cuando el Frente para la Victoria se diluyó en la Provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli perdió votos a nivel nacional.

Hoy Vidal, junto con Larreta, supera a Macri en términos de imagen positiva por entre 15 y 20 puntos. Sin embargo, quizás no es suficiente para llegar a Balcarce 50. No sería lo más oportuno rechazar una posible reelección en la provincia de Buenos Aires por una fortuita candidatura a nivel nacional, sobre todo si tenemos en cuenta el mito de que ningún gobernador de la provincia más populosa logró ganar la presidencia.

Tal vez en términos electorales, el mejor aliado que tiene Vidal es la paciencia. Si hoy ganase su reelección, su candidatura nacional podría ser sólo cuestión de tiempo. Por ello, esperar sería la mejor estrategia.

Rodríguez Larreta: la gestión ante todo

La visión peyorativa que muchas personas tienen sobre la consultoría política, los asesores de imagen y el marketing político, se vincula a menudo con la idea de que se “fabrican candidatos”. No obstante, está muy lejos de ser así.

En tiempos en que la personalización de la política se ha impuesto y la primacía de la imagen es una tendencia sin retorno, la experiencia muestra que es imprescindible una máxima coherencia entre lo que un candidato busca proyectar hacia la opinión pública y sus atributos reales. En otras palabras, la mejor estrategia de comunicación política no es hacer que el candidato diga o muestre algo que no es, por el contrario, es ayudarlo a potenciar aquello que sí es o sí tiene para mostrar.

En este marco, Horacio Rodríguez Larreta es un candidato cuyo mayor capital es la gestión. Aquel consultor que se le acerque no debería intentar proponerle potenciar atributos que no son naturales en él, como por ejemplo el carisma y la simpatía. Debería, en cambio, intentar focalizar en su mejor virtud según el electorado, que se vincula con una eficaz administración de la ciudad. Lo mejor que tiene para mostrar el actual Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires es su capacidad para formar y liderar equipos de trabajo, su conocimiento de la Ciudad y su preocupación por los asuntos que concentran la atención de los porteños. No es necesario fingir otras cosas o hacer payasadas para despertar la atención de los electores.

 

Hoy, la imagen positiva de Rodríguez Larreta ronda el 60%, dato que ubica a su gestión como una de las de mayor valoración a nivel nacional. Tras haberle ganado por exiguo margen a Martín Lousteau en 2015, logró licuarlo en la campaña de 2017. Así las cosas, si el candiadto de Eco no logra refrescar el vínculo con su electorado, Rodríguez Larreta podría llegar a 2019 con un escenario despejado, sin un claro y convocante adversario.

Por ello, al igual que en el caso de Vidal, la mejor estrategia podría ser dirigida a la casi segura reelección en la Ciudad.

Macri: la continuidad es el candidato

La experiencia del sistema presidencialista, tanto en su vertiente estadounidense como en sus variantes latinoamericanas, indica que los que buscan su reelección, en la abrumadora mayoría de los casos, la obtienen sin mayores obstáculos. Tal vez sea el premio por haber contado con una elección previa, quizás se deba a ciertos logros y conquistas en la gestión o posiblemente responda a la ventaja de manejar los recursos públicos.

Evidentemente, Macri no es un paracaidista en la política. Hoy, no está sentado en la Casa Rosada por un mero golpe de suerte: creó un partido político desde cero (PRO), trabajó en la identidad y el posicionamiento del mismo, impulsó la formación de candidatos competitivos (Rodríguez Larreta, Vidal, Peña, Michetti, etc.), aplicó una política de alianzas (con la UCR y Carrió), y configuró –de la mano de la polarización con el kirchnerismo- un escenario político cada vez más provechoso para su fuerza.

En ese sentido, si Macri tiene grandes posibilidades de conseguir la reelección, no parece responder a un hito en materia económica, sino a otros factores de índole política y motivaciones de los electores.

La fragmentación de la oposición es, sin dudas, uno de los factores determinantes para la eventual reelección de Macri. No importa tanto que CFK mida casi 30%, sino su incapacidad de congregar a otros sectores importantes de la oposición en torno a su candidatura. Si ella se presenta, posiblemente no sólo no conseguiría reunir a diversos sectores de la oposición, sino que podría provocar que éstos se aglutinaran en torno a Macri. En otras palabras, nada sería mejor para el oficialismo que una candidatura de CFK.

Por otra parte, la imagen que el electorado tiene del gobierno nacional sufrió un desgaste a causa del tantas veces anunciado repunte económico que aún no se ha materializado en el bolsillo. En este marco, la tracción que Vidal y Rodríguez Larreta puedan hacer en términos electorales al competir por la reelección en sus distritos, será clave para que Macri supere un potencial voto de descontento a causa de la economía.

“40-30-30”

Aun faltando más de un año para las elecciones, la danza de las encuestas ya comenzó. Existen suficientes razones metodológicas, estudios de opinión pública y experiencias acumuladas como para que tenga sentido preguntarles a los argentinos “¿a quién tiene pensado votar?”.

Sin embargo, las principales encuestadoras coinciden en trazar el escenario “40-30-30”. Con Mauricio Macri como su candidato principal, el gobierno tendría una intención de voto cercana al 40%. La tradición reelectoralista de la Argentina y los resultados obtenidos en 2017, corroborarían esta hipótesis.

El siguiente 30% corresponderían a Cristina Kirchner. La ex presidenta dejó el sillón de Rivadavia con una imagen positiva cercana al 50%. No obstante, tras su vuelta al llano, las florecientes causas de corrupción de funcionarios de su gobierno y el desfile por Comodoro Py lograron, progresivamente, dinamitar su imagen pública. Un núcleo relativamente duro de votantes fue capaz de sostener el 30% que la acompañó en 2017 y, según los sondeos, la continuaría acompañando a nivel nacional en 2019.

Por último, hay un 30% del electorado que no tiene claro a quién apoyaría. Dado que aún queda mucho tiempo para el próximo proceso electoral, es lógico y esperable el porcentaje de indecisos. No obstante, se podría aventurar que Macri tiene mayores probabilidades que Cristina frente a un escenario polarizado. Algo similar a lo que ocurrió en 2017, que también fue adelantado en su momento por encuestadoras como la consultora Julio Aurelio, Cambiemos lograba llegar más a los votantes de las terceras fuerzas -en ese entonces los votantes masistas- que CFK, en aquel escenario de polarización.

Si bien queda mucho tiempo para resolver cuál de los candidato de Cambiemos ocupará el sitial principal de la boleta presidencial, la campaña ya comenzó y presenta un panorama favorable para Cambiemos.

Publicado en INFOBAE en marzo 2018: https://www.infobae.com/politica/2018/03/25/quien-es-el-candidato-de-cambiemos-carisma-gestion-o-continuidad/

 

 

Cambiemos y sus matices

Por Gonzalo Arias

Transcurridos los 60 primeros días del 2018 de la segunda mitad de su mandato presidencial, Mauricio Macri asistió al Congreso de la Nación para realizar la apertura formal del período de sesiones ordinarias y transmitirles a los argentinos el estado de la nación. Lo mismo hicieron las otras dos principales figuras del oficialismo, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, ante las respectivas legislaturas locales.

Se trata de una práctica que desde 1853 marca el inicio de la agenda política y parlamentaria del país. Es, sin duda, una oportunidad que los líderes políticos no desaprovechan para desplegar estrategias de comunicación y que, en esta ocasión, parece haber expuesto tres perfiles políticos distintos en el oficialismo de cara al 2019.

Una oportunidad para hablarles a los electores

En términos formales, la presencia y la exposición de los mandatarios ejecutivos ante sus respectivos poderes legislativos (nacional, provinciales y municipales) se debe a la voluntad constitucional de obligarlos a presentar no solamente el estado de su administración, sino también los proyectos que desarrollarán el presente año. En términos informales, es una oportunidad inmejorable para renovar el vínculo con el electorado y buscar movilizarlo en torno a nuevos objetivos políticos.

El equilibrio que cada mandatario busque entre los objetivos, formal e informal, determinará en gran medida las características comunicacionales del discurso de apertura de sesiones.tytymacri.jpg_1734428432

En nuestro país, aquellos mandatarios que decidieron repasar exhaustivamente lo realizado por el Gobierno y los proyectos para el año en curso, en lo que se conoce como comunicación de tipo inventarial, fueron quienes más minutos le destinaron a la alocución. Este es el caso de Cristina Kirchner, quien en 2013 rompió el récord histórico al hablar poco más de tres horas y cuarenta minutos seguidos. Sin dudas, un ritmo difícil de seguir, no tanto para los legisladores, acostumbrados a largas y a menudo tediosas sesiones, sino para un electorado que no tiene mayores incentivos para prestar atención tantas horas sin interrupción.

En este sentido, es recomendable que la decisión que cada mandatario tome en relación con este tipo de discurso no solamente tenga en cuenta la responsabilidad de transmitir información pública relevante en términos institucionales, sino la capacidad y el interés de los electores en escucharlo. En otras palabras, si el elector no puede invertir una hora (promedio histórico) en escuchar una sucesión de datos y estadísticas sobre temáticas muy diversas, quizás sea conveniente pensar en otras vías para hacerle llegar la información. Más aún cuando todos sabemos que hoy en día esto es posible gracias a internet, las redes sociales y otros canales de comunicación. No hay excusas ni pretextos para aburrir a las audiencias.

Los tres matices de Cambiemos: Macri, Larreta y Vidal

Mauricio Macri utilizó este año cerca de 40 minutos, 30 minutos menos que en 2017 y 20 minutos menos que en 2016, para establecer un vínculo de comunicación con los argentinos. El tono emocional que utilizó el Presidente fue el mismo que caracterizó la campaña de 2015 y 2017: “positividad zen”.

Si bien ningún mandatario escapa a la tentación de procurar instalar la agenda parlamentaria, la jornada rebasó el tradicional anuncio de los proyectos legislativos relevantes del año para abundar en máximas positivas y esperanzadoras.

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Elecciones en México: las “lecciones” del PRO para López Obrador

Por Gonzalo Arias

Con 115 millones de habitantes, México es el segundo país más populoso de América Latina. El próximo 1° de julio, cerca de 80 millones de mexicanos concurrirán a las urnas para decidir quién será el sucesor del actual presidente, Enrique Peña Nieto.

En ese marco, las similitudes y diferencias entre Andrés Manuel López Obrador, el candidato que encabeza todas las encuestas, y el Presidente Mauricio Macri, resultan interesantes para analizar el escenario electoral y el futuro gobierno mexicano.

Repasemos, entonces, las tres lecciones del proceso que llevó a Macri a la victoria en Argentina que podrían replicarse en el caso de López Obrador en México.

1. Los tamaños de los partidos no definen la elección, la cantidad de electores sí

Las victorias atribuidas exclusivamente a las maquinarias de partidos colosales ya son páginas amarillentas en los anales de la historia electoral mundial. Hoy en día, prácticamente no existen partidos que puedan ganar solos, por lo que las coaliciones y frentes son casi una constante para intentarlo. Es más, en muchos casos estas formaciones son encabezadas por nuevas expresiones políticas, como en el caso del PRO.

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Entre los principales candidatos en México están Ricardo Anaya por México al Frente (coalición entre el PAN, Movimiento Ciudadano y el PRD), José Antonio Meade por Todos por México (coalición de partidos entre los que destaca el tradicional PRI, actual partido gobernante) y Andrés Manuel López Obrador por Juntos Haremos Historia (coalición entre su espacio MORENA y el Partido del Trabajo).

Anaya y Meade cuentan con el respaldo de dos partidos importantes en México. Ambos espacios políticos son gobierno en la mayoría de los distritos, cuentan con una extensa historia electoral (tanto el PRI como el PAN han ocupado la tradicional “Silla del Aguila”), y fueron los espacios por donde trascurrieron o surgieron la mayoría de los actuales líderes políticos. La similitud con el peronismo y el radicalismo es, en este caso, más que evidente.

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La larga marcha de Moyano

Por Gonzalo Arias

Hugo Moyano no sobrevivió a más de 30 años de sindicalismo siendo un rupturista. Por el contrario, la habilidad de negociar es lo que lo ha mantenido siempre en posiciones de poder. 

La marcha de esta semana no fue la excepción.

Marcha-camioneros-drone-moyano-9-de-julio-21-febrero_3Si bien la convocatoria tuvo un claro tono opositor al Gobierno -incluso muchos la vincularon con una defensa frente a las investigaciones judiciales sobre su patrimonio- el propio Moyano procuró desactivar cada intento de cántico o abucheo contra el Presidente.

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El desafío de construir identidad

Por Gonzalo Arias

La política tiene una serie de preceptos que no pueden ser eludidos. No son muchos, pero quienes los desconocen o los ignoran, están sembrando el germen de su propio final en el terreno político.

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Entre los preceptos más importantes está sin dudas el de la construcción de una identidad política propia, algo que ciertamente lleva tiempo conseguir. Los electores no conocen por orden divino quiénes son los políticos, de dónde vienen, qué quieren conseguir, con quiénes trabajan. Son ellos quienes se lo tienen que contar. En otras palabras, son ellos los responsables de construir su propia identidad.

La construcción de una identidad política tiene dos vías alternativas que, sin embargo, no son contradictorias. Una es por la positiva, es decir responder a interrogantes como ¿quién soy?, ¿quiénes somos como espacio político/representativo?, ¿qué queremos hacer?, ¿qué valores defendemos? La otra construcción posible es por la negativa, es decir “nosotros no somos como…”, “no apoyamos la medida…”, “estamos en contra de…”, etc.

Esta construcción por la negativa se basa en la detección de lo que los politólogos llaman clivajes (Lipset y Rokkan, 1967), divisiones presentes en todo orden de la vida: el campo vs. la ciudad, la derecha vs. la izquierda, la burguesía vs. el proletariado, el sindicalismo vs. el empresariado, etc. Sigue leyendo

Los desafíos de la democracia: la representación en la era de las redes sociales

Por Gonzalo Arias

¿Por qué la democracia está constantemente en debate? Como pocos sistemas políticos, la democracia lleva en su esencia una seria amenaza para su continuidad pero que, a la vez, es su cualidad más grande.

Quizás esta doble cara del sistema democrático es lo que la vuelve tan virtuosa para la modernidad. Por un lado, la democracia tiene la prerrogativa de libertad e igualdad (dependiendo las sociedades, se prioriza una por sobre la otra), pero el otro lado de la moneda convierte a la democracia en el sistema de la incertidumbre y la constante necesidad de relegitimación.

Las instituciones avanzan más lento que la sociedad

Argentina, como la inmensa mayoría de las democracias modernas, adoptó un régimen representativo. Es decir, ni usted ni yo gobernamos, sino que otros gobiernan por nosotros, lo que significa que elegimos a “representantes” para que ejerzan dicha responsabilidad.

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